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CUMBRE DEL G20 EN ARGENTINA: DONDE ESTAMOS PARADOS

Un orden caótico detrás del G20

por Gustavo Lahoud (Instituto Pensamiento y Políticas Públicas), fuente: https://ipypp.org.ar/descargas/2018/Reunion%20G20%20en%20Argentina.pdf

Entre el 30 de noviembre y el 1 de diciembre se realiza en Argentina una nueva Cumbre del G20, en un contexto fuertemente dominado por la aceleración de pujas geopolíticas y geoeconómicas y un creciente avance de agendas políticas vinculadas con procesos muy complejos, que van desde la consolidación de estrategias nacionalistas con tintes fuertemente autoritarios y proteccionistas, hasta el intento de reestructurar los debilitados engranajes de las economías del llamado “mundo libre capitalista”, cuyo centro de gravedad geográfico -Estados Unidos y Europa Occidental-, aparecen hoy también como territorios en disputa, movilizados por agendas que cruzan comercio, inmigración, nuevas tecnologías y procesos de valorización financiera que recrean tensiones difíciles de predecir en el funcionamiento del sistema mundo.

Ahora, qué es el G20 y qué temas centrales han sido parte del trabajo anual que ha tenido a la Argentina como protagonista durante 2018.

En primer lugar, algunos datos básicos que, identificados puntualmente no dicen nada relevante. El conjunto de países integrantes del G20 representan el 85% del producto bruto global, dos tercios de la población mundial, 80% de las inversiones globales y el 75% del comercio internacional. La población trabajadora del G20 se calcula en más de 2.360 millones. Ahora, veamos los orígenes para intentar comprender el proceso integral, inserto en una coyuntura internacional por demás cambiante y conflictiva.

Este agrupamiento internacional sui generis, surgió hacia fines de la década de los ’90 como producto del reconocimiento de un nuevo mapa geopolítico y geoeconómico posterior a la
primera década de la post guerra fría, período dominado por el unilateralismo de los Estados Unidos consagrado a partir de la derrota estratégica de la ex Unión Soviética y la irrupción del
“Occidente democrático y capitalista”, con epicentro en Estados Unidos, Europa Occidental, Japón y el Sudeste asiático. Durante todo ese período, el llamado “mundo occidental” era
conducido por el selecto Grupo de los 7, que reunía a las principales potencias económicas consolidadas luego de la Segunda Guerra Mundial, bajo la conducción estratégica de los
Estados Unidos. Pero los nuevos poderes emergentes y el surgimiento de la región asiática como nuevo jugador geopolítico, comenzaron a cambiar el tablero.

En efecto, esas nuevas realidades surcadas por una redistribución del poder global, tuvo en los países integrantes del Brics, uno de los actores globales más relevantes del nuevo escenario, a
tal punto que Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica se convirtieron en importantes potencias con creciente proyección de poder regional y hasta global, como ha ocurrido más ostensiblemente con el caso de China. A su vez, otros países de relevancia geopolítica regional, como Arabia Saudita, Turquía, México, Australia, Corea del Sur, Indonesia, Canadá, Argentina fueron integrados al nuevo espacio global, de forma tal que, junto a la Unión Europea- con la significativa participación de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, Estados Unidos y Japón, conformaron un conglomerado vario pinto de países e intereses cruzados, cuya “gobernabilidad” se ha visto crecientemente dificultado como consecuencia del enfrentamiento creciente entre los distintos actores estatales, que se ha exacerbado a partir del 2008 como consecuencia de la crisis financiera mundial que impactó en el sistema internacional de muy diversas formas.

Fue precisamente hace una década, tras la crisis financiera internacional de 2008, que el foro del G20 adquirió una relevancia geoestratégica vinculada a los persistentes intentos para acordar políticas de regulación y estabilización del sistema financiero internacional, junto con el difícil ensayo en pos de encarar acuerdos de alcance global en distintos ámbitos de políticas públicas, que van desde medio ambiente, trabajo, infraestructura, inversiones, comercio internacional, hasta salud, educación, previsión social y nuevas tecnologías infocomunicacionales.

Sin embargo, el creciente enfrentamiento global entre actores con intereses geopolíticas y geoeconómicos tan diversos, junto con la emergencia de nuevas agendas fundamentalmente
vinculadas a los desequilibrios del sistema internacional posterior a la crisis financiera global, han convertido al G20 en un foro de reuniones de los principales actores mundiales en el que
lo que ha quedado en evidencia es la imposibilidad de encontrar caminos comunes de diagnóstico y salida para la crisis global, cuyos principales protagonistas son tanto los países occidentales promotores de las agendas de libre comercio y liberalización como las nuevas potencias emergentes- con epicentro en el Brics-, que han visto debilitadas sus posiciones geoestratégicas como consecuencia de un conjunto de factores internos y externos que acrecentaron su vulnerabilidad. Pero, en ese escenario conflictivo, China- que ha ralentizado su tasa de crecimiento en los últimos años a niveles más modestos de 5% a 6%-, emergió como el actor preponderante en el nuevo espacio asiático ampliado, que es el eje geopolítico de primacía global y que caracteriza los nuevos nodos de circulación comercial, financiera e inversora más dinámicos en el sistema internacional. En efecto, allí se configura, en el contexto del G20, la puja más relevante del nuevo escenario conflictivo con alcances mundiales, ya que Estados Unidos y China- enfrascados en conflictos comerciales y geoestratégicos crecientes merced a la agenda neoproteccionista de Donald Trump, entre otras razones-, parecen orientar un nuevo esquema de realineamientos que cruzan los intereses estratégicos de otros actores relevantes en el plano estratégico-militar y energético, como es el caso de la Federación Rusa.

Este es, precisamente, el tercer actor de creciente relevancia en todo el espacio euroasiático, que se ve confrontado con Estados Unidos y Europa Occidental a partir del endurecimiento de una agenda securitista liderada por los estadounidenses y que se materializa en un peligroso juego de avances y retrocesos que tiene como cabeza de playa a la Organización del Tratado del Atlantico Norte (OTAN), que actúa como ariete o pivote estratégico en todo el espacio euroasiático, balcánico y de Medio Oriente, con el objetivo de contener a Rusia en sus intentos de reafirmación de sus esferas de influencia. Allí se configura, adicionalmente, una nueva puja de imprevisibles consecuencias geopolíticas, y que está vinculada a la hostilidad creciente de los Estados Unidos de Donald Trump dirigida a la Unión Europea, que cruza las agendas de defensa y seguridad con las económicas, comerciales y financieras. Este escenario, se ha convertido en más que propicio para la acción política de Rusia y, desde ya, genera mayor inestabilidad y tendencia a la conflictividad con consecuencias difíciles de prever.

De hecho, Rusia y China han consolidado un esquema de cooperación en materia energética y comercial en los últimos años, que está directamente ligado al gran proyecto chino denominado Nueva Ruta de la Seda, que implica la más relevante movilización de recursos económicos dispuestos para el fortalecimiento de redes de conectividad e infraestructura integral en todo el espacio euroasiático. Asimismo, el territorio de Europa occidental como el eje nórdico-ártico, forman parte de este megaproyecto de infraestructuras de todo tipo, lo cual implica, potencialmente, la incorporación de nuevos territorios y espacios marítimos que hoy no forman parte de disputas centrales por la apropiación de recursos estratégicos vitales, minerales, hídricos y energéticos. Incluso, la cooperación ampliada entre chinos y rusos, llevó a la realización de grandes maniobras militares entre ambas fuerzas armadas en septiembre de 2018 en la región de Siberia. Y, hacia el Lejano Oriente, el Mar del Sur de la China y el Mar Oriental de la China, son dos áreas marítimas que constituyen espacios de influencia y control, en donde China percibe la conformación de escenarios de amenaza por parte de Estados Unidos.

A su vez, detrás de estos cruces de intereses que no aparecen frecuentemente en el “relato” del G20, aparecen otros escenarios de ruptura geopolítica que cruzan tanto las agendas nucleares de los Estados Unidos y Rusia- surcadas por una conflictividad cada vez más preocupante- y los nuevos espacios de puja por el poder, que van desde las nuevas tecnologías infocomunicacionales, las nuevas herramientas de control biopolítico, y la “guerra en sordina” llevada adelante en el ciberespacio. En todos estos nuevos teatros de conflicto, chinos y estadounidenses cruzan sus agendas con los rusos, y determinan nuevas fuentes de inestabilidad que impactan en renovadas dificultades para la búsqueda de consensos globales dirigidos a establecer escenarios de previsibilidad política, económica y social.

Ahora, en este escenario, ¿qué se juega en el G20 y qué podemos esperar de la reunión en Argentina?.

I- El G20 en Argentina: un espinoso camino a una improbable agenda de estabilidad global:

Antes de encarar la agenda argentina del G20, es importante tener en cuenta datos fundamentales sobre el funcionamiento de este agrupamiento de países. Esta organización interestatal sui generis, se configura sin secretariado ni estatuto legal, reproduciendo, de esa forma, un funcionamiento más bien informal, flexible, muy ligado a la creciente porosidad, heterogeneidad e imprevisibilidad del sistema mundo.

En ese sentido, han intentado dotarse de cierta “legitimidad social internacional”, a través de la constitución de los llamados Grupos de Afinidad, que son reuniones ad hoc protagonizadas
por diferentes actores de la sociedad civil internacional- desde ongs, asociaciones o entidades de diverso tipo, sindicatos, organizaciones empresariales y otras-, que realizan reuniones
paralelas con autonomía en cuanto a su funcionamiento y con el objetivo de producir orientaciones para ser luego consideradas en el contexto de la reunión cumbre de Jefes de Estado.Cinco de los principales grupos de afinidad son el del Business 20 (B20), que reúne al empresariado, el Labour 20 (L20), que agrupa a las organizaciones sindicales, el Civil 20 (C20), que conglomera a las organizaciones diversas de la sociedad civil, el Women 20 (W20), que reúne a distintas asociaciones o foros vinculadas a la agenda de la mujer y el ThinkTank 20 (T20), que agrupa a centros de pensamiento o foros académicos.

De hecho, como ocurre en cada reunión anual del G20, en Argentina durante 2018, se realizaron reuniones de todos estos foros en distintos puntos del país, en los que se trabajaron una nutrida cantidad de temáticas que inciden en las agendas, intereses y acciones de los sectores empresariales, sindicales, de la sociedad civil, de los centros de pensamiento y de las cuestiones de género. En ese funcionamiento, la particularidad de la agenda desarrollada en Buenos Aires, cruza tres ejes temáticos, que han sido los determinantes en las discusiones de cara a las reuniones del Jefes de Estado del 30 de noviembre y 1 de diciembre.

Estos ejes son: el futuro del trabajo, la infraestructura para el desarrollo y conectividad global y un futuro alimentario sostenible.

Estos grandes temas de debate han surcado las agendas de los grupos de afinidad mencionados y, además, han caracterizado las reuniones ministeriales realizadas durante 2018 en Argentina, desde las reuniones de ministros de economía y finanzas y jefes de Bancas Centrales, pasando por las reuniones de ministros de agricultura y alimentación, hasta las protagonizadas por los ministros de trabajo, educación y salud y previsión social, en foros distintos que se realizaron en distintos puntos del país. En esos casos, se trata de las reuniones oficiales, en cuyo marco participan también las instituciones financieras internacionales formales, como el Banco Mundial, el FMI, el BID, y otras de alcance regional limitado, como la OCDE, que agrupa a un grupo nutrido de países desarrollados. Asimismo, en las reuniones vinculadas al presente y futuro del trabajo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ha sido un actor fundamental, como así también otras organizaciones dependientes de las Naciones Unidas, como el caso de la Organización Mundial de la Alimentación (OMA).

Asimismo, durante la compleja trama de la organización del G20, existen dos canales oficiales a través de los cuales se procesan las discusiones y posibles acuerdos. Por un lado, existe un canal de “sherpas” o técnicos, que es encabezado por la Cancillería, y otro canal de finanzas, capitaneado por el Ministerio de Hacienda y Finanzas. Es en esos ámbitos en los que se coordinan y preparan los seguimientos puntualizados de los temas y compromisos que se adoptan finalmente en las cumbres de Jefes de Estado.

Ahora, más allá de los tres ejes señalados que caracterizan la búsqueda de consensos en 2018 en las reuniones realizadas en Argentina, el Canal de los Sherpas trabaja en la coordinación de
temáticas relevantes en el ámbito del G20, que van desde la lucha contra la corrupción, la problemática del desarrollo, el compromiso político, la igualdad de género, la agenda comercial y de inversiones, la cuestión energética, las agendas de educación, salud, previsión social y medio ambiente, entre las fundamentales.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que en este conjunto complejo de temáticas, la década transcurrida desde la crisis financiera de 2008, ha permitido poner en escena las posiciones diversas y hasta intransigentes entre los distintos países integrantes del G20, aunque las cuestiones vinculadas al comercio y a las inversiones como así también a la regulación de los llamados paraísos o guaridas fiscales y el avance de los complejos mecanismos de lavado de dinero y de vinculaciones con las problemáticas del narcotráfico y del crimen organizado, han sido los ejes de debate más conflictivos que cruzan los intereses de sectores corporativos trasnacionales dominados por las finanzas y las nuevas tecnologías infocomunicacionales con las posiciones neoproteccionistas llevadas adelante por los Estados Unidos, lo que se ha materializado en la abierta puja comercial con China, país al que el gobierno de Trump le impuso aranceles de importación a una amplia gama de bienes por un total de más de u$s 300.000 millones, lo que representa casi la mitad del comercio bilateral.

Por cierto, este complejo entramado está en proceso de negociación y sometido a marchas y contramarchas permanentes, por lo cual no es todavía un escenario cristalizado, aunque es
importante decir que esta es una de las “grandes peleas de fondo” detrás de la agenda del G20, y que cruza fundamentalmente un plano de abierta disputa por el control, apropiación y
distribución de tecnologías sensibles para el avance de grandes sectores económicos, que van desde la biotecnología con sus múltiples aplicaciones para la producción agroalimentaria global, pasando por las tecnologías infocomunicacionales y los nuevos espacios de la economía y comercio electrónico y digital, hasta el control de los vectores tecnológicos que permitirán el acceso al ciberespacio y a nuevas herramientas de control y reingeniería biológica aplicadas al medio ambiente y al propio ser humano, en un contexto de avance del cambio climático como gran amenaza global no seriamente percibida por los sectores dominantes del sistema internacional, acelerando, de esa forma, los procesos de deterioro, desequilibrio e injusticia climática vinculados a un renovado régimen económico extractivista que crece de la mano de una economía del despojo y la expoliación.

Estas tendencias que retroalimentan el escenario de disputas e inestabilidad y que cruzan todos estos planos y en los que se identifican a los Estados Unidos y China como actores centrales, son las que coadyuvaron al retroceso importante del dinamismo del comercio mundial, profundizando el camino iniciado con la crisis financiera de 2008. Tal como manifiesta Anahí Rampinini en un reciente artículo:

“Esto afecta principalmente los intercambios transfronterizos de bienes intermedios relacionados a la producción mundial en las Cadenas Globales de Valor, vinculadas directamente con la producción industrial china. Semejante escenario ha desacelerado la economía china, proceso “agravado” por el aumento de su salario real promedio, lo que
generó la internacionalización de empresas chinas hacia otras regiones. El gobierno chino comenzó a explorar respuestas en su anunciado plan Made in China 2025 donde propone convertir al país en el líder mundial de los desarrollos tecnológicos de punta para esa fecha, aumentando el valor agregado de sus exportaciones e intentando incrementar su mercado interno a través de un alza en los salarios.”

En este contexto, la estrategia china mira cada vez más con buenos ojos a los mercados latinoamericanos, donde hace ya más de una década se ha instalado una fuerte corriente inversora en infraestructura, energía, transporte, recursos mineros, producción de bienes industriales de bajo y mediano agregado tecnológico y servicios de todo tipo, que rivaliza crecientemente con los intereses estratégicos de los Estados Unidos, que de la mano de Trump y su renovada política monroísta sobre la región, intenta retomar la senda de una relación otrora privilegiada para el entramado de intereses corporativos de ese país, pero claramente dependiente y subordinada desde el punto de vista de los intereses permanentes de nuestra región. En este punto, todos los escenarios vinculados a la “lucha contra la corrupción” y la búsqueda de transparencia institucional, las ideas de “buen gobierno y buenas prácticas”, “gobierno abierto” y otras, aparecen como registros contemporáneos de toda una dinámica relacionada con el avance de procesos de investigación contra ex líderes políticos y empresas emblemáticas de la región – el caso Lula y Petrobras
es el más sugestivo-, en el marco del cual se produce un indetenible deterioro que abarca a amplios espectros de la vida pública y privada empresarial de nuestros países, con la consecuente afectación del margen de maniobra de los propios países en términos de capacidad de control y autoridad, lo que se traduce como lesión de la soberanía en los planos económico-financiero y político-diplomático.

Por cierto, nada de este complejo entramado de crisis sistémicas parecen formar parte del conjunto de acuerdos a los que las principales potencias están dispuestas a llegar. Y, más bien,
cualquiera de los temas que individualmente se ponen en debate, no pueden sustraerse al avance disruptivo que este complejo entramado de intereses descarga sobre la ya frágil inestabilidad del sistema internacional.

Por ende, la agenda que el gobierno argentino intenta poner en marcha, debe entenderse en este contexto de difícil prognosis.

Sin embargo, tanto en las agendas sobre el futuro del trabajo, como en las vinculadas a la infraestructura para el desarrollo y en la problemática de la seguridad alimentaria, pueden rastrearse cosmovisiones comunes compartidas entre el gobierno argentino y el conglomerado de naciones e intereses corporativos multinacionales que están detrás de posibles acuerdos.

En efecto, la búsqueda de mayores niveles de productividad, apertura, desregulación y liberalización, junto con la creación de entornos regulatorios normativos fuertemente vinculados a los intereses corporativos trasnacionales, constituyen el corazón de los posibles acuerdos que los grandes países del G20 intentarían alcanzar en los ejes de alimentación, trabajo e infraestructura en la reunión de Buenos Aires.

Todo ello remite a un escenario de cruces corporativos entre finanzas y aprovechamientos biológicos de alimentos y aplicación a gran escala de la biotecnología, con criterios unidimensionales, ligados a la creciente disponibilidad de alimentos para un mundo que necesita, básicamente, preservar los actores, medios y mecanismos de producción agroecológicos y la diversidad alimentaria- responsable de la provisión del 70% de los alimentos del mundo-, y garantizar accesibilidad a alimentos sanos y nutritivos, antes que garantizar la productividad creciente a las grandes trasnacionales agroalimentarias que avanzan en base a control territorial, despojo y concentración.

Incluso, la organización del trabajo y la facilitación de los mecanismos institucionales, normativos, fiscales e impositivos para la realización de grandes obras de infraestructura, son visualizadas como escenarios para posibilitar procesos de amplia desregulación y desmonte de normativas protectoras del trabajo y del medio ambiente, y la simultánea apertura a grandes procesos licitatorios en el ámbito de las compras gubernamentales en los niveles de gobierno nacional, provincial y municipal. Para ello, el gobierno nacional ha desarrollado el conocido esquema de Participación Público-Privados (PPP), con el objetivo de canalizar inversiones privadas trasnacionales y de grupos privados nacionales a grandes obras de infraestructura vial, ferroviaria, energética, aeroportuaria, logística y de telecomunicaciones.

Asimismo, también es ampliamente reconocible el intento del gobierno macrista en pos de descontractualizar e informalizar- de hecho y de derecho-, las relaciones laborales en los distintos sectores productivos de la Argentina, incorporando agendas que van desde formas sui generis de trabajo dependiente ultraprecarizado y encubierto como trabajo autónomo, nuevas organizaciones flexibles relacionadas con plataformas digitales, electrónicas y colaborativas, al tiempo que se consolida un nuevo entramado de intereses corporativos invisibilizados bajo el control de medios tecnológicos que intentan fragmentar aún más el mosaico representativo de los intereses de los asalariados organizados en el mundo del trabajo sindicalizado. En este sentido, el cruce de tecnología, su propiedad, apropiación, control y distribución, con el llamado “futuro del trabajo”, implica, probablemente, la consolidación de una ofensiva en pos de establecer una nueva era de “estado de naturaleza” tecnocientífico, que garantiza trabajo segmentado, precarizado y crecientemente debilitado como factor de agregación y articulación de los intereses colectivos con una fuerte cosmovisión de clase. Finalmente, la cumbre del G20 en Buenos Aires, en un contexto de tal fragilidad en el sistema internacional, orienta necesariamente un camino de salida a construir por el mundo del trabajo: una agenda internacional, que sea capaz de encontrar soluciones globales a la agresión del mundo corporativo trasnacional cruzado por las finanzas y las cadenas de valor globales altamente tecnologizadas y dinámicas.

En este panorama, las agendas del trabajo, la infraestructura y la alimentación, recorren derroteros que aparecen como previsibles o funcionales al entramado de intereses corporativos que el gobierno macrista representa. Ello ocurre, además, en un contexto regional altamente sensibilizado en América Latina, luego de la victoria de la ultraderecha de la mano de Jair Bolsonaro a fines de octubre de 2018, situación que refuerza un cuadro geopolítico sudamericano crecientemente ligado a los intereses estratégicos de los Estados Unidos en materia de agendas de seguridad, control de las llamadas “nuevas amenazas” (por cierto ya bastante viejas en el derrotero de las relaciones hemisféricas de las últimas dos décadas)- que incluyen el narcotráfico, el terrorismo internacional, el crimen organizado y el lavado de activos vinculado a esos delitos- y la reorientación de los intereses financieros y comerciales e inversores y todo lo vinculado al entramado de relaciones diplomáticas, políticas y judiciales interamericanas hacia la esfera de influencia de los Estados Unidos.

Por cierto, el escenario de Brasil preanuncia alta conflictividad interna y pujas intraelitistas que podrían incrementar el faccionalismo, mientras que en México alumbra el nuevo gobierno de López Obrador que parece orientar una agenda más ligada a recuperar presencia hacia nuestra región latinoamericana al tiempo que podría enarbolar una búsqueda de relación más madura y  equilibrada con los Estados Unidos, aunque todo ello, como así también el avance de los procesos de integración en todo el hemisferio- desde el Nafta renegociado recientemente hasta el desfalleciente Mercosur-, podrían tener un derrotero de difícil previsión, más aún en el escenario global altamente conflictivo que preanuncia una reunión de líderes del G20 en Buenos Aires, que estará más cerca de la cristalización de una nueva ronda de desacuerdos globales, antes que la consumación del camino para pavimentar un nuevo ciclo de consensos mundiales sobre temáticas que tensan cada vez más el clima de convivencia internacional.

Es por todo ello que, en los medios de prensa argentinos, han trascendido noticias que apenas refieren a la posibilidad que el gobierno macrista pueda oficiar de “celestino” de un posible
acercamiento estratégico entre China y Estados Unidos en su puja comercial abierta, o que intente desempeñar un rol “facilitador” en acuerdos específicos como el del Pacto Global del Acero, en búsqueda de acordar un comercio más previsible en ese sector clave de la economía industrial internacional, por citar algunos de los ejes discursivos y laterales que podrían ser parte de las deliberaciones en Buenos Aires.

A su vez, estas difíciles circunstancias deben analizarse en el marco del rotundo fracaso de la XI Ronda Ministerial de la Organización Mundial de Comercio realizada en Buenos Aires en diciembre de 2017, en la que el gobierno nacional buscó hasta último momento la factibilidad de “comunicar” un acuerdo inicial del Tratado de Libre Comercio entre Mercosur y Unión Europea, en un desembozado camino de concesiones dirigido a obtener tal beneplácito. En verdad, ese acuerdo, con la llegada de Bolsonaro a Brasil y el aumento de las tensiones en el sistema internacional, parece hoy difícil de cerrar, más allá del lamentable derrotero que el gobierno macrista pretende transitar. La misma situación cabe para el alicaído Mercosur, cuyo futuro está a expensas del juego de intereses que comenzará a desplegarse a partir de la llegada de Bolsonaro al poder y la puja con los diversos sectores económicos de ambos lados de la frontera.

En este entramado, la creciente conflictividad vinculada a la criminalización de las migraciones en todo el hemisferio como parte de un nuevo desmadre global de persecución y estigmatización con simbología y prácticas claramente fascistas, adopta un rostro particularmente grave por sus ominosas consecuencias, desde la frontera de México y Estados Unidos, pasando por Centroamérica y recalando en la explosiva frontera colombianovenezolana-brasileña, donde se han dado las condiciones para un “cerco” permanente sobre Venezuela, lo que constituye un alarmante punto de inestabilidad geopolítica que puede derivar en enfrentamientos abiertos e involucramiento indirecto de los Estados Unidos.

Por último, uno de los aspectos que resultan realmente preocupantes en el contexto de una cumbre que augura pocos resultados relevantes para el conjunto de la comunidad internacional, es el entramado represivo y securitista que el gobierno nacional puso en marcha de cara a la reunión de Jefes de Estado del G20. Ello nos remite a distintos tipos de acciones de vigilancia y control, maniobras “preventivas” y de inteligencia que el Ministerio de Seguridad de la Argentina puso en marcha a los efectos de “evitar” supuestos actos violentos relacionados con “grupos anarquistas o tipo Black Block” como los que han actuado en la reunión de Hamburgo (Alemania), realizada en julio de 2017.

En efecto, más de 3.000 millones de pesos se han puesto a disposición de operativos de control que constan de tres anillos de seguridad y escenarios de colaboración en materia de inteligencia y seguridad con fuerzas de los principales países del mundo, como Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido, Francia y Alemania. Todo ello en un contexto altamente represivo que esta administración consolida día a día dentro de la Argentina, en la búsqueda de posibles “desafíos o amenazas” a la seguridad que incluirían supuestas células del Hezbollah que operarían en la región de la Triple Frontera en el Nordeste y que podrían confluir con otras organizaciones que intentarían crear desestabilización y caos en las reuniones de Buenos Aires.

Este es, precisamente, el signo de la época, y no deja de ser preocupante que el gobierno argentino haya adoptado, sin más, una caracterización antojadiza y arbitraria de una agenda de seguridad que, para mayor preocupación, puede ser puesta “a prueba” en el marco de una cumbre de líderes del G20 que no es más que la expresión de los intereses corporativos trasnacionales apoyados por las grandes potencias mundiales que despliegan sus propias pujas intercapitalistas en el contexto de un sistema internacional sometido a creciente conflictividad, entropía, nuevas formas de guerra arropadas bajo las finanzas, las tecnologías de la información y comunicación y el control de los territorios para ser sometidos a nuevos esquemas de extracción debidamente “legalizados” a través de mecanismos de “gobernabilidad” cada vez más vaciados de consenso, arreglos democráticos y controles republicanos y judiciales que puedan garantizar los intereses colectivos, totalmente desguarnecidos ante el avance capitalista global.

Eso es hoy el G20.

La Argentina, no es más que una nueva estación en el recorrido de un sistema que se despeña ya sobre un desfiladero, en el que el destino de la humanidad está en juego.

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2 Comentarios en CUMBRE DEL G20 EN ARGENTINA: DONDE ESTAMOS PARADOS

  1. Lo triste de todo esto, más allá de lo que señala el artículo, es que la securitización y atropello a las garantías constitucionales y libertad de expresión tras el G20 posiblemente queden como paisaje normal de nuestro ámbito político interno en el tiempo que le reste a este gobierno, como lo han preanunciado con la demonización y represión de distintas manifestaciones políticas, las tareas de inteligencia y aprietes sobre jueces, periodistas y dirigentes políticos, y la detención arbitraria de personas por simple sospecha de pertenecer a organizaciones armadas sin tener la menor prueba de ello.

    Amparados en el peligroso cóctel discursivo de las Nuevas Amenazas a la Seguridad junto al de Lucha contra el Crimen Organizado, la finalidad es contener por la fuerza las eventuales protestas contra el ajuste y las políticas entreguistas de nuestros recursos naturales y económicos y de desmantelamiento del Estado acordadas con los organismos multilaterales de crédito, ya que el “cerco mediático” es cada vez menos efectivo, sobre todo cuando las consecuencias de estas políticas neoliberales ya se comienzan a sentir fuerte en el bolsillo y en la actividad económica cotidiana.

    El ajuste más allá del corto plazo no cierra sin represión, y el G20 es una buena ocasión para desplegar el aparato necesario para ello una vez pasado el corto tiempo de realización de esta cumbre.

    De lo que a nivel estratégico internacional se juega en el G20, creo que este artículo es una interesante reseña de los principales conflictos en la actualidad, y por ello lo comparto.

    Saludos. Ernesto

  2. Francisco Manuel Sanchez // 2 diciembre, 2018 en 4:26 am // Responder

    Mas que interesante nota Sr. Gracias por compartirla. Saludos.

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