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La esclavitud de cadenas invisibles

Por Ernesto T. Argento

La esclavitud es una relación aceptada por el esclavista y por el esclavo, pues en cuando este se rebela ya no es posible de darse, a menos que se acepte un nuevo sometimiento. Quien tenga algo de orgullo y amor propio seguramente se hará eco de aquella frase de Emiliano Zapata de que “mejor morir de pie que vivir toda una vida arrodillado”, o quien profesa el culto cristiano recordará que “para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud” (Gálatas, 5:1), y así podríamos proseguir con muchas otras citas en similar sentido de muchos de los mejores pensadores de la humanidad, o de nuestros líderes y padres fundantes de la nación, para quienes la orden era que “seamos libres, pues lo demás no importa nada”, como es la máxima de nuestro ilustre Libertador Don José de San Martín.

Ser libres es parte esencial de nuestra propia condición humana, pues no tienen libertad los seres que viven para cumplir el designio de otros, como los animales que sirven de alimento, transporte, fuerza motriz o herramienta del hombre. El ser humano que es reducido a estas funciones pierde su condición de humanidad y pasa a tener la de esos animales, la condición de mero “recurso”, y por ende su dignidad por ser, por el mero existir, pasa a carecer de valor alguno ya que -como recurso- ante su inexistencia puede ser reemplazado por otro, su vida vale poco o nada.

Pero tal vez la peor esclavitud es la que tiene cadenas invisibles, la que se da pensando que se es libre y dueño de sus propias acciones, cuando en realidad ha sido reducido a la mera condición de recurso, que solo sirve al beneficio de otro sin esperar para si mismo nada que vaya más allá de su propia subsistencia para seguir siendo útil al dominador. Para que esto sea posible los grilletes invisibles, o la cárcel sin barrotes, debe darse por el mismo convencimiento de su libertad por parte del esclavo, y eso es posible solo si se lo convence de vivir una realidad que no es la real, una realidad virtual tal como es fácil concebirla ahora en el mundo informático. Para lograr esto deben cortarse los vínculos del sujeto a esclavizar con la misma realidad, y suplantarlos paulatinamente por una realidad alternativa. Debe fomentarse el egoísmo a ultranza y la falta de respeto al otro para que las miradas de los otros puedan hacer pensar en que el punto de vista propio puede ser diferente, y luego debe mantenerse al sujeto -ya con mínima interacción- fuera del contacto con el mundo real, o en lo posible lo más alejado del mismo.

Entonces la relación del sujeto con el mundo real ya no estará dada por su propia experiencia, sino por la mediación de alguien que se la cuenta, y cuando muchos eventuales contactos del sujeto en su misma condición son mediatizados en su relación con la realidad por la misma fuente, desaparece la capacidad de contrastar experiencias y visiones, y la realidad pasa a ser la que predica el mediador, aunque la misma sea falsa. Todo vestigio que ponga o pueda poner en crisis el armado de esta realidad virtual, el pensamiento único, será calificado de falso (fijarse el actual debate sobre las fake news ¿los “medios serios” no mienten?), y todo aquel que denuncie la falsedad será tildado de loco o subversivo, mereciendo su supresión inmediata. Como este destino finalmente es el que se difunde, el sujeto sabe que, de no aceptar los términos falsos de la realidad mentirosa que ahora es la “real”, seguirá el mismo triste destino de los suprimidos, y por eso aceptará mansamente las condiciones que su amo le quiera imponer, sobre todo una vez que su misma subsistencia dependa de la voluntad del esclavista. Una vez llegados a este punto no es necesaria la existencia del “cerco mediático”, aunque se le presente la realidad real ante sus mismos ojos y demás sentidos, el alienado (es decir, quien vive una realidad falsa) pondrá todos sus mecanismos defensivos mentales del status quo en acción para evitar que aceptar la idea lo que le está prohibido aceptar.

Este mecanismo “blando” para construir la esclavitud es archiconocido y fue objeto de muchos estudios académicos, obras literarias y películas, pero no por ello deja de ser efectivo. Por esto mismo también es sabido que la forma de salir de este grado de sumisión es a partir de aceptar el sacrificio en pos de un ideal superior, y cualquier ideal de ese estilo es el que se que hoy se cuestiona en favor de lo “políticamente correcto”, o sea se lo suprime en función de aceptar el ideario político que valida a la misma sumisión y no se aparta de los cánones del pensamiento único. Cualquier relación que ligue al sujeto con la realidad “real”, con la naturaleza misma de las cosas (y no con su mera apariencia), con otros no intoxicados mentalmente supone un peligro que se debe correr si no se quiere terminar alienado, y por ello aceptar el peligro es una primer condición de rebeldía (¿no es llamativo que en función de “cuidarnos” del peligro, de nuestra “seguridad”, se legisle restringiendo nuestra libertad en decisiones y derechos personalísimos?¿qué intención tiene todo el discurso mediático dirigido a que evitemos todo riesgo?). El primer riesgo es quedar socialmente aislados, ser los nuevos parias o leprosos, pero superada esta barrera el riesgo implica el castigo físico, hasta con la posibilidad de la muerte. Por eso la idea a seguir debe ser poderosa, y también alcanzable, pues nadie quiere poner su cuero en riesgo por utopías, y menos si piensa que luego de la muerte no existe nada que nos recompense de los sufrimientos asumidos (creencia actual de muchos fieles católicos, lo cual es una misma contradicción de fe solo explicada en el formateo realizado por el pensamiento único), o que guarde nuestra memoria para las generaciones venideras (pensamiento del héroe).

Además de estas posibles opciones hay una tercera, que es el error fundamental del esclavista. Como he dicho, es menester que el esclavista vele por la subsistencia del esclavo, pues cuando éste nota que tal cosa no sucede y su sacrificio es inminente, el mismo instinto de preservación rompe todas las barreras impuestas por la alienación y provoca la rebeldía, con un contenido importante de ira y furia, con lo cual tiene el potencial de ser contagiosa en otros esclavos en similar condición de riesgo de desaparición. Este hecho fue estudiado por el marxismo en el siglo XIX y llegó así al concepto de “ejército de reserva”, o sea una legión de proletariado que aunque no fuera explotado en ese momento, se le garantizaba una mínima capacidad de subsistencia y reproducción para evitar que se rebele, y que serviría para reemplazar en las áreas de producción a aquellos trabajadores que no aceptaran las condiciones del capitalista.

Bajo ese concepto algunas sociedades occidentales abrazaron la idea del Estado de Bienestar para evitar que esas masas populares se rebelaran, y algunas pocas hasta lo hicieron pensando en dar satisfacción a las necesidades elementales del ser humano para permitirle no solo una mejor calidad de vida sino el desarrollo pleno de su potencial. Este modelo, que se comienza a extender a partir de la década de 1930, fue puesto en crisis luego de la caída del Muro de Berlín en 1989, pues ya la “amenaza comunista” había desaparecido y no tenía sentido que los oligarcas locales y capitalistas globales resignaran parte de sus ganancias para contener a una masa que ya no tenía quien la aglutinara en su contra. Así, a partir del llamado “consenso de Washington”, comienza la implementación de medidas de desmantelamiento progresivo del Estado de Bienestar, y su reemplazo por el sistema neoliberal, buscando la desaparición del Estado y de sus instrumentos en pos de una globalización que permitiera el libre flujo de capitales de forma desenfrenada. Con un Estado debilitado, las naciones quedaron solo como cascaras vacías o meras referencias geográficas (“países”, simple referencia al “paisaje” geográfico), pero con ello fueron cayendo también los mecanismos de contención social y grandes masas de indigentes se suman día a día en todo el mundo a una legión de desahuciados sin futuro, o sea se elimina el mismo concepto de “ejército de reserva”.

Todavía es demasiado pronto para evaluar que puede pasar con esta enorme masa de desahuciados, pero lo esperable es que se aferren a hacer cualquier cosa que les permita sobrevivir, y cuando las changas, el cirujeo, o la delincuencia dejen de ser opciones que les garanticen la subsistencia, es solo cuestión de tiempo para que cualquier líder pueda lograr aglutinarlos y, no teniendo demasiado por perder, asuma los riesgos necesarios para tratar de cambiar el orden de las cosas. Hasta hoy muchos de estos líderes son creados por el mismo sistema, para fomentar grupos radicales que sirvan a sus intereses desestabilizadores (ISIS, Boko Anam, las maras centroamericanas, los carteles narcos, etc.), pero también -cuando la falta de futuro afecta a los sectores medios- de que surjan movimientos antisistema, sean de tinte totalitario (como la nueva derecha europea), independentistas (en aquellas regiones que no quieren repartir su renta geográfica), o de tinte izquierdista más o menos soft (Frente Grande en Argentina, FA en Uruguay o PT en Brasil, el chavismo en Venezuela y los movimientos “progresistas” de la Europa del Mediterráneo), pero también hay un potencial para que se generen otros movimientos de resistencia alternativos según esquemas imprevistos y no planificados. Con que solo uno de ellos triunfe y logre mantenerse airoso a los embates del poder financiero global será suficiente para que su ejemplo se reproduzca a lo largo y ancho del planeta, y esto necesariamente debe tender al cambio de estrategia global de las grandes potencias.

Tal vez parezca utópico, pero me resisto a pensar que la humanidad pueda aceptar mansamente el triste destino que los poderosos del mundo le tienen trazado, aquí no está en juego una puja entre modelos políticos sino entre quienes defendemos la condición humana de aquellos que pretenden suprimirla para poseer simples recursos descartables según su antojo en cualquier lugar del planeta. La batalla por la humanidad recién comienza.

 

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