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La ayuda de Perú en el conflicto de las Islas Malvinas y la participación chilena

Un capitulo casi desconocido para el público en general, pero no para los conocedores del tema, es la ayuda brindada por Perú durante la guerra de Malvinas.

Perú asistió a la argentina en diversos aspectos, aportando material belico de diversos tipos y facilitando la logística para la incorporación de armamento incluso arriesgándose a sufrir consecuencias diplomáticas si salía a la luz en aquella época.

En el siguiente documento que es una tesis realizada para la Universidad Católica Pontifica Del Perú, cedida a Intereses Estratégicos Argentinos, vamos a concentrarnos específicamente en las aeronaves Mirage aportadas por la FAP a la Fuerza Aérea Argentina, dentro del material expuesto en esta tesis de señor Fernando José Velásquez Villalba, también se encuentra un trabajo de investigación realizado sobre el papel que jugo Chile por aquel entonces y el trasfondo de la actitud tomada por el país tras andino.

Cabe mencionar que el trabajo expuesto en esta tesis es muy extenso y completo abarcando tanto la historia antigua y resiente del conflicto y las reacciones y posturas de otros países en el ámbito internacional.

Sumado a esta tesis, nos tomamos el atrevimiento de incluir un trabajo sobre las aeronaves Mirage que detalla tanto su llegada al país, como su historial operativo dentro de la fuerza, reforzando los expuesto en la tesis en sí.

 EL “PRÉSTAMO” DE MATERIAL BÉLICO

A raíz del escándalo de tráfico de armas de Argentina a Croacia y, muy especialmente a Ecuador en pleno conflicto del Cenepa, diversos medios de comunicación peruanos quisieron ver esta actitud de empresarios argentinos v inculcados con el régimen justicialista de Carlos Saúl Menem, como un acto de deslealtad y alta traición hacia el Perú y su pueblo, que durante el conflicto de las Malvinas había jugado un rol importante en la búsqueda de la paz, y había colaborado materialmente con las fuerzas armadas argentinas.

La revista Caretas

Además de la revista en su edición de mayo de 1996 le dedicó un extenso artículo a la crisis diplomática surgida entre Torre Tagle y el Palacio San Martín, titulándolo “¿Quépasó? Hermanos de Fuego. El contrabando de armas argentinas al Ecuador y la persistente pasividad de las autoridades del Perú.” En el artículo dio cuenta de la poca marcialidad y seriedad con que la entonces congresista Marta Chávez había actuado al momento de entregarle la nota de protesta al ex presidente Menem. De cualquier manera, la revista también rescata que mientras Ecuador recibía armamento argentino en 1995, el Perú le envió misiles “exocet” en 1982 para la defensa de las Malvinas.

Caretas, varios diarios locales dieron cuenta del triste suceso, calificándolo muy similarmente a la manera como los había adjetivado la revista mencionada. Los diarios limeños El Comercio y La República.

El descontinuado programa “La Revista Dominical” que conducía el periodista Nicolás Lúcar y que era emitido por América Televisión (Canal 4 de la ciudad de Lima), presentaba un indignante informe especial sobre la entrega de armas a Ecuador. Daba cuenta además de que evidentemente existía una participación directa del estado federal, y que éste no se limitaba a tener conocimiento de los acontecimientos, sino que, por el contrario, era prácticamente parte de una mafia que había otorgado fabulosos dividendos a altos funcionarios del gobierno de ese entonces. LRD mostraba además la contra cara del impasse, que era –nuevamente- el Perú, que en al año 1982, en pleno conflicto le dieron una gran importancia al asunto del contrabando, siempre realizando un paralelo entre el comportamiento del ex-presidente Fernando Belaunde Terry y Carlos Menem.

Malvinas, afirmaba Lúcar, había enviado entre diez y doce aviones Mirage para que participaran en el conflicto, mientras mostraba una imagen de Belaunde pronunciando un discurso en el que claramente afirmaba que “hemos decidido respaldar la posición argentina y apoyarla en todo lo que esté a nuestro alcance.”

Después de la promocionada compra de aviones Lockheed Martin F-16 C/D por parte del gobierno chileno para la Fuerza Aérea Chilena (FACH), el senador radical argentino Rubén Martí en el mes de mayo del 2003 advertía sobre la necesidad de adquirir nuevo equipo para la Fuerza Aérea Argentina (FAA) a fin de renovar el deteriorado equipo que poseían, con el fin de mantener el equilibrio geoestratégico en la región, y que se veía desproporcionado en virtud del crecimiento del gasto militar y modernización de equipos de las fuerzas armadas chilenas, y muy en especial las FACH.

Como parte de su justificación, en su ante – proyecto esgrimía la siguiente razón:

Habiendo concluido el Conflicto Malvinas con grandes pérdidas de su material -ya en esa época, en su mayoría, bastante antiguo- se abstuvo de procurar una importante renovación de su material durante los últimos tiempos del gobierno militar. A excepción de algún material que llegó durante la guerra, de limitada utilidad…

La colección especializada en aviones de combate Planes and Pilots afirma que el en el año 1969 el Perú compró al gobierno francés Mirage 5P fabricados en los talleres “Avions Marcel Dassault” (por ello a los mencionados aviones también se les conoce como Mirage V Dassault), y conformaron el Escuadrón de Caza 611 de la FAP ubicado en la ciudad de Chiclayo. La mencionada revista afirma que Argentina compró los diez aviones que el Perú le envió en 1982 para que tomen parte del conflicto con el Reino Unido, sin embargo, no pudieron hacerlo pues llegaron a la ciudad de Río Gallego en los primeros días del mes de junio, cuando la guerra estaba prácticamente finalizando con el resultado conocido.209 La misma información nos brinda la colección Osprey Combat ,Airfraft, manifestando que en la guerra de las Malvinas, participaron Mirage IIIA, Dagger, Super Etendard, A4, entre otros, pero ningún Mirage V.

Recordemos además que la compra de aviones supersónicos por parte del gobierno peruano en 1969, respondió a la negativa norteamericana para suministrar este tipo de tecnología a la región. A mediados de la década de los sesenta sólo Cuba poseía aviones supersónicos soviéticos, muchos países latinoamericanos acordaron ordenar aviones subsónicos, pero tanto Perú como Chile, y esto es importante recalcar puesto que la historiografía chilena de la época mira al Perú como el único instigador de una desproporcionada carrera armamentista en la región, ordenaron la compra de aviones supersónicos Northrop F-5 A/B Freedom Fighters. Evidentemente EE.UU, se negó a proporcionarles estos aviones, por lo tanto el gobierno chileno decidió comprar veintiún aviones Hawker Hunter y el gobierno peruano compró catorce cazabombarderos Mirage Dassault V que habían demostrado su capacidad y sorprendido al mundo en el conflicto árabe-israelí.

Mucho más atrás en el tiempo, la revista Caretas del 14 de junio de 1982 informaba que entre cinco y diez cazas Mirage VP peruanos habrían partido el domingo 6 hacia Argentina. Reforzando la FAA, habrían contribuido al fiasco británico en Fitzroy.

No era la primera vez que se difundía la versión de una participación directa de las FAP. Ya el 13 de abril se había hablado de la presencia de tres de nuestros aviones en Buenos Aires.

El Ministro de Aeronáutica, general FAP José García Calderón, indicó que dadas nuestras relaciones con Argentina, era rutinario encontrar aparatos allá.

El 6 de abril de 1982 el embajador argentino en el Perú, Luis Sánchez Moreno, había manifestado que pensaba seriamente en invocar un apoyo no solamente principista sino militar en el marco del espíritu defensivo del TIAR. El martes 13 de abril de 1982, el Ministro de Marina, Vicealmirante de la Marina de Guerra del Perú, José Carvajal Pareja, salía a desmentir públicamente la posibilidad de que el Perú estuviera enviando unidades navales a la zona del conflicto.

El 14 de abril de 1982, el Perú volvió a desmentir el envío de seis Mig- 25 a Comodoro Rivadavia, poniendo en conocimiento que en el Perú no existían esas aeronaves, aunque sí tenían Sukhoi SU-22, que los pilotos argentinos no sabían volar, y reiterando, el 21 de abril, que era falsa la versión que hablaba de la presencia de 18 unidades en Córdoba.

Era tan notoria y clara la adhesión peruana a la causa argentina, que cada día surgían nuevas versiones sobre el supuesto apoyo militar peruano. No ayudó mucho a desmentir estas versiones el hecho de que los ministros de la fuerza armada hayan tenido una reunión extraordinaria el mismo día de la invasión inglesa a las Georgias del Sur, y hayan apoyado abiertamente el boicot portuario a las naves inglesas.

El New York Times del 29 de abril, afirmó que el Perú habría llevado aviones SU-22, rusos, a Mendoza, estacionándolos allí como símbolo de solidaridad. Según la versión, los pilotos volvieron al Perú y no había argentinos que supieran volar esos aparatos.

En todo momento la posición peruana siempre fue la negación del envío de material bélico a la Argentina. Por su condición de mediador, ni Arias Stella, ni Fernando Terry, hubieran podido afirmar abiertamente que se estaba negociando la venta de armamento, primero, porque se arriesgaba a un bloqueo internacional y en segundo lugar, porque como se ha visto, el primero de mayo de 1982, se había logrado un principio de acuerdo para el cese al fuego, y no hubiera sido bien visto por la comunidad internacional que uno de los negociadores estuviera apoyando materialmente a uno de los contrincantes.  De cualquiera manera, el papel de estar jugando a dos bandos recaía sobre los Estados Unidos, y el Perú no podía arriesgar perder su credibilidad.

Por lo tanto, parece perfectamente razonable que el entonces diputado Francisco Belaunde haya declarado en una entrevista para la revista Oiga, “que el Perú, al no ser un país productor de armamentos no puede desprenderse de los que ha adquirido para su propia defensa (¿De Chile? ¿De Ecuador?). Sobre todo, porque, como hemos visto en el año 1980, no puede descartarse algún peligro bélico en el futuro.

Parte de la presente investigación obligó a su autor a visitar la ciudad de Buenos Aires. En la mencionada capital, gracias a la invaluable colaboración del personal de los Cascos Blancos, dependencia del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Exterior y Culto de la República Argentina, pude obtener un documento que describía la situación de los aviones entregados por el Perú en pleno conflicto con Inglaterra.

El 4 de junio de 1982 las tropas inglesas avanzaban sobre Puerto Argentino, la capital de las Malvinas. La FAA realizaba junto con las demás Fuerzas Armadas un máximo esfuerzo para procurar revertir el curso inevitable de la guerra. Ese día, en la VI Brigada Aérea (VIBA), en la ciudad de Tandil (Provincia de Buenos Aires), diez aviones Mirage VP de la FAP tripulados por pilotos peruanos, aterrizaron en la VIBA. La operación de comprar por parte de la Argentina había comenzado a fines de 1981, aunque aún faltaba tiempo para la entrega cuando estalló la guerra, inmediatamente entraron en servicio con las matrículas de los Dagger perdidos en la guerra, éstas eran: C-403, 404,407, 409, 410, 419, 428, 430, 433 y 436, aunque no llegaron a entrar en combate, todos estos aparatos habían sido entregados a Perú entre 1968 y 1974.

El 26 de febrero de 1984 había sido creado el Escuadrón X de Caza (llamado Cruz y Fierro, más tarde conocido como “Los Guerreros de Hielo”) del Grupo 10 de Caza y con él la X Brigada Aérea, sobre la estructura de la Base Aérea Militar (BAM) Río Gallegos. Esta Unidad poseía cinco Mirage IIIC que tenían la misión de proteger el extremo sur de la Patagonia. La conclusión de la memoria anual de la unidad en 1985 explicaba que:

“Considerando las responsabilidades operacionales establecidas en la tarea de la misión impuesta a la Brigada, se pudo visualizar que con el actual material aéreo de dotación (M-IIIC) la unidad un reúne las condiciones operativas necesarias en calidad ni cantidad, razón por la cual se solicitó el reemplazo del mismo por otro material moderno (M-VP), que posibilite el cumplimiento de la tarea asignada”.

Esta solicitud fue escuchada por las autoridades de la Fuerza Aérea y se dispuso para1986 el traslado de los diez Mirage VP a la X Brigada Aérea.

En 1987 se inició el programa de modernización de las aeronaves adquiridas al Perú en 1982. Ese año comenzó la fabricación local de cúpulas para todo el sistema de armas Mirage. Paralelamente, se puso en marcha el proyecto FAS-430 “MARA” por parte de la Dirección General de Sistemas, luego de un requerimiento realizado por el Escuadrón X para mejorar sus capacidades.

El C-630 fue el prototipo del Mirage 5A “Mara”, como fueron rebautizados en alusión a la liebre patagónica originaria del lugar. En él se realizaron vuelos de navegación desde Río IV hacia el sur en los cuales se detectaron fallas en el sistema de alerta radar.

Solucionado los mismos, entre 1987 y 1991 todos los aviones fueron modificados. Además, en Río Gallegos personal del Área de Material Río IV les instaló la mira de tiro 97J. Continuando con las mejoras, en diciembre de 1988 se hicieron planos para construir adaptadores CES-3 y ADP4 para usar misiles MATRA R-55 Magic.

En enero de 1991 fue recibido el C-633 que se convirtió en el último Mara en entrar en servicio. Ya por ese entonces los recortes presupuestarios de las FAA se hacían notar y el programa se había retrasado un par de años. Otras falencias eran la falta de misiles aire – aire, que los receptores de alerta radar no estaban cargados con información actualizada, que salvo el C – 619 los aviones no tenían cartuchos de chaff y bengalas, todas estas falencias marcaban un índice muy bajo de operatividad.

En enero de 1997 la FAA impartió la directiva 01/97 por la cual los aviones C- 604, 610, 619, y 628 fueron destinados a la VI Brigada Aérea y los C-603, 609, 630, 633, y 636 al ARMACUAR para su posterior inspección y puesta en servicio.

El traslado se concretó durante el año, y con él desapareció el Grupo Aéreo X, símbolo de quienes pelearon en Malvinas defendiendo el sur argentino. Durante un año los M-5A operaron en el Escuadrón Instrucción de la VI Brigada Aérea hasta que el 4 de junio de 1998, a los 16 años de la llegada de los aviones, el Escuadrón X Cruz y Fierro (instrucción) volvió a nacer, pero esta vez dentro de la VI Brigada Aérea de Tandil operando además con los Dagger biplaza y los Mirage IIIDA.

Hoy, a más de 20 años de su llegada, estos herederos de la amistad del Perú con Argentina se mantienen en operaciones en el Escuadrón X (instrucción) con el objeto de formar los nuevos pilotos del sistema Mirage. Si bien todas estas máquinas deben ser reemplazadas en poco tiempo, y ya no se espera la modernización, los Mara seguirán en servicio debido a que los recortes de presupuesto impiden por ahora la llegada de un sucesor.

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El C-619 fotografiado a su arribo en compañía del C-610. Al día siguiente, ambas máquinas ingresaron al proceso de inspección y repintado. El C-619 saldría de taller a mediados de marzo convirtiéndose en el segundo Mara “light gray” (Foto: Mauricio Chiófalo) Fuente: Revista Vuelo Rasante: noticias e historia de la aviación militar marzo 2003.

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El C-628 fotografiado antes de su partida hacia la VI Br Aérea luciendo el nuevo esquema “low-viz” del modelo. De ahora en más, su única diferencia externa respecto de los Finger serán las antenas RWR de la trompa. Nótese que no está instalado aún el contenedor del paracaídas de frenado. (Foto: Mauricio Chiófalo) Fuente: Revista Vuelo Rasante: noticias e historia de la aviación militar marzo 2003.

 

Breve relato del señor Alfredo Alí Álava en el Diario El Comercio de Perú:

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Fue una madrugada de mayo de 1982 cuando las 10 naves partieron de La Joya. Les sustituyeron las insignias, bandera y matrícula peruanas por las de Argentina…

Era una operación militar secreta y, por ello mismo, ni siquiera las esposas o las novias de los pilotos peruanos se enteraron de que ellos volarían hacia Argentina llevando 10 aviones de combate Mirage M5-P para participar, si las condiciones lo exigían, en la guerra por las islas Malvinas.

Pero cuando los aviones caza-bombarderos que vendiera el Perú se encontraban listos para entrar en combate, luego de varios días de intensa preparación y acondicionamiento en tierras argentinas, el conflicto terminó con la reocupación británica de las islas del Atlántico Sur y los M5-P debieron esperar otros tiempos.

Fue una madrugada de mayo de 1982 cuando 10 capitanes y mayores de los escuadrones 611 y 612 de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) salieron de La Joya (Arequipa) hacia la base argentina de Tandil, al este de Buenos Aires, para cumplir las órdenes emanadas desde el alto mando de la FAP.

La Fuerza Aérea Argentina, a través de los canales políticos correspondientes, había solicitado apoyo a su similar peruana, pues requería de aeronaves de combate de alta performance para hacer frente a la armada real inglesa que llegaba escoltada por los famosos Harrier, aviones de despegue y aterrizaje vertical, que por entonces eran las más modernas y poderosas máquinas aladas que surcaban los aires.

Argentina tenía problemas con sus aviones de combate porque no estaban preparados para desplazarse hasta las islas Malvinas, atacar los objetivos en el mar y retornar a sus bases. No obstante –como recuerda el general FAP Aurelio Crovetto Yáñez– “los pilotos argentinos se sobrepusieron a las circunstancias adversas e hicieron blanco en varios buques ingleses: cumplieron una excelente y admirable labor”.

Pese a que disponían de algunos aviones de guerra recién adquiridos, como los Super Etendard (subsónicos) equipados con misiles Exocet, y otras naves más antiguas, como los Mirage-3 (para ataque aire-aire), los Dagger (ataque aire-tierra) y los A-4 Skyhawk (aire-tierra), los argentinos necesitaban aviones de mayor autonomía de vuelo y capacidad para tareas en el mar. Y esas máquinas las tenía el Perú.

ERAN LOS MEJORES DE LA FAP

Por entonces los Mirage M5-P eran los aviones de línea y los mejores de combate que tenía la FAP. Aunque habían llegado entre 1968 y 1969, dichas aeronaves contaban con no muchas horas de vuelo y, a decir del general Crovetto, que por entonces era jefe del Escuadrón 611 con el grado de mayor, estaban en óptimas condiciones de operatividad. Eran los aviones ideales para atacar objetivos marítimos.

En efecto, las naves peruanas de fabricación francesa tenían una respetable autonomía de vuelo gracias a sus tanques de combustible. Poseían misiles teledirigidos AS-30, con un alcance de 15 kilómetros que estaban especialmente diseñados para atacar buques. Pero también eran de temer sus cañones, que disparaban balas, algunas con cabezas explosivas, de 20 milímetros.

Cuando despegaron de La Joya (Arequipa), después de dejar su base de origen, Chiclayo, los 10 Mirage M5-P debieron elevarse por encima de los 33 mil pies en un vuelo silencioso, con los equipos de radio apagados, para evitar ser detectados por los radares bolivianos y, especialmente, por los chilenos que jugaban su partido a favor de la corona británica. Fue un vuelo por ruta de frontera a una velocidad promedio de 800 a 900 kilómetros por hora.

“Nos preocupamos en planificar bien el vuelo. No temíamos tanto que nos detectara Bolivia, pues considerábamos que ellos no tenían capacidad para hacerlo. El problema era Chile y sus radares que, probablemente, tenían en Iquique y Antofagasta. Pasamos, sin embargo, sin contratiempos”, recordó un piloto que prefirió el anonimato.

Las aeronaves fueron conducidas por los pilotos FAP Ernesto Lanao, César Gallo, Augusto Mengoni, Pedro Ávila, Gonzalo Tueros, Pedro Seabra, Mario Núñez del Arco, Marco Carranza, Augusto Barrantes y Rubén Mimbela. La mayoría de estos oficiales está hoy en el retiro y unos tres o cuatro siguen en su institución con el grado de general.

Previamente los Mirage peruanos habían sido maquillados y, entre otras modificaciones de forma, habían renunciado a la insignia, bandera y matrícula peruanas para, desde entonces, lucir los emblemas argentinos con sus colores característicos, celeste y blanco. Así volaron hacia Tandil, previa escala en Jujuy, en una travesía que duró cerca de tres horas.

El escuadrón de M5-P fue acompañado por una nave madrina, un L-100 similar a los Hércules, en cuya bodega llevaba parte de los equipos de mantenimiento y varias decenas de técnicos y mecánicos de aviación que debían instruir a los argentinos en todo lo relacionado con el funcionamiento de las naves y la utilización del armamento. Los misiles, obuses, bombas, municiones y tanques de combustible, por cierto, viajaron posteriormente por otras vías.

ALEGRÍA EN ARGENTINA

En Tandil hubo algarabía total cuando el escuadrón de cazas aterrizó. Estaba allí para recibir a los pilotos peruanos el mayor Crovetto, que ya tenía varios días en Argentina trabajando en el Estado Mayor de la Guerra, junto con el coronel FAP Gonzalo Arenas y el mayor FAP Carlos Portillo.

Los pocos pilotos argentinos de Dagger que se hallaban en la base (los otros estaban combatiendo) se estrecharon en sincero abrazo con sus colegas peruanos. “Algunos estuvieron al borde de las lágrimas. Imagínese que a usted le llevan ayuda militar cuando más la necesita y en momentos cruciales. No era para menos”, recordó Crovetto, quien más tarde se encargaría de dar instrucción a sus colegas argentinos.

Pero el Perú no solo se preocupó en enviar 10 aviones de combate a Argentina. El alto mando de la FAP también ordenó al Comando de Materiales entregar toda la logística necesaria para las operaciones de las naves e, incluso, equipos de defensa aérea. En aquella ocasión –recuerda un oficial– le dimos alrededor de 30 misiles AS-30 aire-tierra, misiles antiaéreos y hasta compramos repuestos en Israel para aviones como si fueran para el Perú, pero terminaron en Argentina.

Nuestra fuente destacó, de otro lado, el apoyo peruano con tanques de combustible. No recuerda la cantidad, pero aseguró que fueron muchos, los suficientes como para que los aviones argentinos los utilizaran para decolar del continente, enfilar hacia Las Malvinas, atacar posiciones enemigas y retornar a sus bases. “Sin esos tanques era imposible realizar esos ataques. Fue clave en las operaciones” anotó.

Los M5-P superaban los 2.400 km por hora el Mirage M5-P, de los cuales el Perú poseía entonces poco más de 36 aviones, era una nave supersónica que podía desarrollar dos veces la velocidad del sonido, es decir, volar a poco más de dos mil 400 kilómetros por hora.

Estaba preparado para realizar operaciones de penetración (sobrepasar las líneas enemigas y atacar objetivos diversos). Dependiendo de su configuración podía desplazarse a grandes distancias y para desarrollar diversas tareas podía ser equipado con misiles, obuses y bombas de 500 libras.

“Los cuidábamos mejor que un Maserati (el automóvil de lujo italiano), y los argentinos se sorprendieron de verlos en inmejorables condiciones”, explicó un ex oficial del Comando de Materiales FAP.

En esta parte de la tesis, se reproducen tanto entrevistas realizadas a los actores participantes y más trascendentes del conflicto y se analiza desde la mirada del autor los diferentes aspectos políticos de la gesta:

El papel que jugo Chile:

Señor, tengo más razones que la mayoría para recordar que Chile fue un buen amigo de este país durante la guerra de las Malvinas.

 En esa época era presidente de Chile el general Pinochet. Su intervención hizo posible que la guerra fuera más corta y que se salvaran muchas vidas de ciudadanos británicos.

En Chile se cometían efectivamente abusos contra los derechos humanos por las dos partes enfrentadas políticamente. Sin embargo, la población chilena, través de la elección de sucesivos gobiernos democráticos, determinó cómo arreglar sus cuentas con el pasado.

Esencial en este proceso fue el rango que se acordó conceder al general Augusto Pinochet [senador vitalicio con pasaporte diplomático], y no corresponde ni a España, ni a Gran Bretaña, ni a ninguna otra nación interferir en lo que es un asunto interno de Chile.

En el proceso de transición de Chile hacia la democracia han tenido que hacerse equilibrios delicados, en los que estamos interfiriendo, con el riesgo que esto conlleva.

El general Pinochet debe ser autorizado a volver a su país sin dilación. La próxima semana, Gran Bretaña recibirá a un líder democráticamente elegido de un país que invadió ilegalmente el territorio británico (El presidente Carlos Saúl Menem), hecho que causó la muerte a 250 británicos.

Sería vergonzoso pedir la reconciliación en este caso, mientras mantenemos bajo arresto a alguien que, durante el mismo conflicto, hizo tanto por salvar las vidas de los ciudadanos británicos.

*Le saluda atentamente. Margaret Thatcher.

Cuando el 16 de octubre de 1998 el señor ex presidente y senador vitalicio de la República de Chile, general Augusto Pinochet, fue detenido en Inglaterra, por presuntas violaciones a los derechos humanos, la ex–primera ministra de Su Majestad Británica, Margaret Thatcher, declaró una solidaridad que, si bien no fue del todo sorprendente, venía a confirmar las eternas sospechas sobre la -hasta ese momento- dudosa participación chilena en el conflicto del atlántico sur.

El 9 de octubre de 1999, durante la conferencia anual del Partido Conservador británico, la “Dama de Hierro” decidió tomar la palabra para defender al general Augusto Pinochet, a punto de cumplir un año detenido en Londres. Junto con condenar la actitud del gobierno laborista de Tony Blair y del juez español Baltasar Garzón, decidió revelar cómo el régimen militar chileno le había ayudado durante la guerra de las Malvinas.

La razón: imponer en la opinión pública de su país la idea de que Pinochet había sido unaliado clave de Inglaterra, y que a los aliados no se los mantiene cautivos.

En un extenso discurso, reveló algunos detalles de la colaboración chilena en el conflicto:

“Chile es nuestro más viejo amigo en Sudamérica. Nuestros vínculos son muy estrechos desde que el almirante Cochrane ayudó a liberar Chile del opresivo dominio español. El debe estar hoy revolcándose en su tumba al ver cómo Inglaterra respalda la arrogante intromisión hispana en asuntos internos chilenos. Pinochet fue un incondicional de este país cuando Argentina invadió las islas Falklands (Malvinas).

Yo sé -era Primer Ministro en esa época- que, gracias a instrucciones precisas del Presidente Pinochet, tomadas a un alto riesgo, que Chile nos brindó valiosa asistencia. Yo no puedo revelar los detalles, pero déjenme narrarles al menos un episodio”.

“Durante la guerra, la Fuerza Aérea Chilena estaba comandada por el padre de la senadora Evelyn Matthei, quien está aquí esta tarde con nosotros. El entregó oportunas alertas de inminentes ataques aéreos argentinos que permitieron a la flota británica tomar acciones defensivas. El valor de esa ayuda en información de inteligencia se probó cuando faltó. Un día, cerca ya del final del conflicto, el radar chileno de largo alcance debió ser desconectados debido a problemas de mantenimiento. Ese mismo día -el 8 de junio de 1983, una fecha guardada en mi corazón- aviones argentinos destruyeron nuestros buques Sir Galahad y Sir Tristram. Eran barcos de desembarco que trasladaban muchos hombres y los ataques dejaron entre ellos muchas bajas. “En total unos 250 miembros de las fuerzas armadas británicas perdieron la vida durante esa guerra.

Sin el general Pinochet, las víctimas hubiesen sido muchas más”.

Un mes más tarde, el 7 de noviembre de 1999, le tocó el turno al mismo Pinochet, quien en su primera declaración pública efectuada desde que fuera detenido, ratificó esa colaboración mediante una declaración dada a conocer a través de una agencia de relaciones públicas, explicando que su país y Gran Bretaña siempre habían mantenido una franca amistad, la cual se reflejó cuando Argentina ocupó las islas Malvinas en 1982.

Yo di instrucciones para suministrar, dentro de un contexto de neutralidad toda la asistencia que pudiéramos a nuestros amigos y aliados ingleses actitud que considero un honor.

Si la ex-primera ministra británica podía tomarse los atributos de hacer este tipo de declaraciones, evidentemente en algún momento alguien de la parte chilena o argentina debería salir a respaldar o censurar estos comentarios que creaban un clima hostil entre las cancillerías de Buenos Aires y Santiago. Efectivamente, en marzo del año 1999 el diario La Tercera de Santiago de Chile, publicaba una extensa entrevista al general de la FACH, en la cual aceptaba fehacientemente la colaboración efectiva del gobierno militar chileno con el británico.

El general Matthei afirmó en la publicitada entrevista que se enteró del inicio de la guerra leyendo el diario de la mañana, y que el inicio de las hostilidades lo había tomado completamente por sorpresa.

Reproduciremos parcialmente algunos de los párrafos más resaltantes de la entrevista, los cuales son de mayor interés académico:

¿Cuál fue su reacción y la del gobierno (ante la guerra)?

Dos días más tarde se presentó mi oficial de inteligencia, el general Rodríguez informándome que había llegado un oficial inglés enviado por el jefe del Estado Mayor de la Real Fuerza Aérea británica. Le dije que lo recibiría. Se trataba del Wing Commander (comandante de escuadrilla) Sidney Edwards, un personaje que no parecía inglés para nada y que hablaba español perfectamente.

 ¿Cómo lo describiría?

Venía con una carta de Sir David Great, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea inglesa, para ver en qué podíamos ayudarlo. Tenía plenos poderes para coordinar conmigo cualquier cosa que pudiéramos hacer juntos, lo que a mí me pareció muy interesante.  a ellos más les apremiaba era información de inteligencia. Los ingleses no se habían preocupado para nada de Argentina. Sabían todo lo inimaginable sobre Unión Soviética, pero de Argentina no sabían nada. Edwards me preguntó en qué podíamos ayudarlos. Le contesté que no me mandaba solo y que hablaría con el general Pinochet.

 ¿Habló con Pinochet sobre este “ofrecimiento”?

Conversé con él en términos muy generales, informándole que teníamos una gran oportunidad. A nosotros no nos interesaba que los argentinos les pegaran a los ingleses, porque entonces -ya lo había dicho Galtieri seríamos los siguientes. Recién estábamos digiriendo el discurso de la Plaza de mayo, en el cual -rugiendo ante las multitudes- había manifestado que Malvinas sería sólo el comienzo. Parecía Mussolini.

A esta altura de la conversación conviene recordar que el 6 de abril de 1982, un vocero de la Cancillería chile salió a desmentir “terminantemente” algunas versiones que afirmaban que Chile asistiría o estaría asistiendo a la flota de la Armada Británica. Por otro lado, el entonces Canciller chileno René Rojas además de mostrarse preocupado por la situación que se estaba viviendo en las islas, aprovechó la oportunidad para reunirse con sus asesores encargados de la mediación papal por el Beagle, afirmando que en el país obraría con total cautela en este diferendo histórico.

¿Ese discurso los había dejado preocupados?

Nos preocupó que después de las islas apuntaran hacia acá. Después de todo, ellos calificaban que territorios nuestros también les pertenecían. En general, Pinochet estuvo de acuerdo en que yo trabajara con los ingleses, siempre que no se supiera, y ambos estuvimos de acuerdo en que por ningún motivo debía enterarse de ello ni siquiera el Ministerio de Relaciones Exteriores.

 Aprovecharon los vínculos personales con usted…

Yo había estado visitando sus industrias de material de guerra y tenía contactos con los altos mandos británicos. Mientras estaba allá, firmé contratos por seis aviones Hawker Hunter, y compramos también seis aviones de caza Vampire. Me conocían, teníamos una relación fluida.

 Estando en Londres, cuando me tocó ir a la Unión Soviética, les pasé a los ingleses una copia del informe que redacté para la Fach sobre lo que había observado en materia de armamentos. Ellos sabían que era su amigo, pese a que Chile -recuerde que estábamos en la Unidad Popular- lo consideraban parte del bloque del Este.  En resumen, tenían bastantes referencias mías y por eso me llego a mí la petición.

 ¿Qué hizo después de reunirse con Pinochet?

Con el general Pinochet quedamos en mantener esto en absoluto secreto, y luego volví a reunirme con Sidney Edwards, informándole que tenía carta blanca en el asunto y que operaríamos de acuerdo con mis criterios. Edwards me dijo que tanto el agregado de Defensa inglés -un marino- como la Embajada Británica no sabían de su existencia y que no debían enterarse. Edwards viajó entonces a Inglaterra para analizar qué podíamos hacer nosotros y a su regreso trajo autorización para que les diéramos información de inteligencia.

¿Qué recibiría Chile a cambio?

Ellos nos venderían en “one pound” aviones Hawker Hunters, los cuales se traerían de inmediato a Chile por avión. Y también un radar de larga distancia, misiles antiaéreos, aviones Camberra de reconocimiento fotogramétrico a gran altura y también bombarderos en la Fuerza Aérea chilena no teníamos ninguno, Además, mandarían un avión de inteligencia, comunicaciones y espionaje electrónico.

¿Cómo reunía información de inteligencia sin contar con equipos sofisticados?

Nosotros habíamos transformado aviones más livianos en nuestra propia industria y con equipos propios, pero no volaban con la altitud necesaria, porque eran aviones turbo hélices chicos, del tipo 99 Alfa. Habíamos transformado dos, con unos equipos llamados Itata, desarrollados en conjunto por la Marina y la Fuerza Aérea. Dichos equipos, montados a bordo de estos aviones bimotores livianos, podían detectar todas las señales de radar, analizarlas y clasificarlas. Pero las señales de radar -al igual que la luz- se proyectan en línea recta, sin quebrarse. Y no se captan a menos que se vuele a unos 40 mil pies de altura. Como primera medida, entonces, los ingleses mandaron ese avión, con el cual realizamos un reconocimiento completo a nuestro lado de la frontera. Hacíamos vuelos a gran altura sobre territorio chileno, pero captando señales del otro lado que nuestros equipos no eran capaces de captar por la cordillera y la baja altura.

Martin Coppock señala que para que toda la operación tuviera éxito, se requería perfeccionar los medios de reunión chilenos, la RFA contribuyó con un “préstamo” de tres aviones Canberra PR-9 del Grupo 18, Unidad Nº 1 de Reconocimiento Fotográfico de la base de Wyton, provistos con cámaras oblicuas para vigilar el territorio argentino desde el espacio aéreo chileno, y dos aviones Hércules C-130.

¿Cómo puede llegar un avión de esas características y tamaño hasta el aeropuerto de Pudahuel o cualquier base aérea, sin que nadie se dé cuenta?

Ese avión venía como cualquier aparato civil, con un plan de vuelo normal.

¿Con ese radar espiaban al otro lado?

En un cerrito habíamos instalado un radar de 200 millas de alcance comprado en Francia. En tierra teníamos puestos de escucha en varias partes, que captaban todas las señales y comunicaciones radiales argentinas. También habíamos desarrollado en Punta Arenas, cuando llegué a la comandancia en jefe, un puesto de mando blindado bajo tierra, bien protegido, al cual llegaban todas las informaciones graficadas y clarísimas, como un teatro. En ese puesto se reunían todas las informaciones captadas por el radar grande y los más chicos, y por los escuchas. Allá se instaló Sydney Edwards.

 ¿Cómo transmitía Edwards esos datos a sus superiores?

Tenía un equipo de comunicación satelital directa con la Marina Real británica en el comando central de Northwood, cerca de Londres. Lo que pasaba aquí, de inmediato lo sabían los ingleses, Inglaterra no podría haber encontrado un mejor aliado. Imposible. Nosotros avisábamos, por ejemplo, que desde una base determinada habían salido cuatro aviones en dirección a tal parte, que por sus velocidades parecen Mirage. Una hora antes de que llegaran, los ingleses ya estaban informados de su arribo.

¿Alcanzaba a contarle a Pinochet el desarrollo de los acontecimientos?

Nunca le contaba nada. Empecé a no contarle por una sola razón: si “saltaba la liebre”, quería que Pinochet estuviera en condiciones de jurar que él no sabía nada. De esa forma, podría decir que el culpable era el imbécil de Matthei y que lo echaría de inmediato. Nosotros siempre vamos a ser vecinos de Argentina, por eso no podíamos echar a perder para siempre esas relaciones.

Imagino que, de todas formas, los argentinos sospechaban. Antes incluso de que llegara Edwards, ya había conversado con el agregado aéreo argentino. Le dije que pidiera autorización a sus jefes, porque quería mandarlo para allá con un mensaje. Delante de otras personas, le pedí que transmitiera a Lami Dozo, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea Argentina, lo siguiente. Primero, que nunca en mi vida pensé que podían ser tan idiotas. Teniendo todas las posibilidades en mi cabeza, ésta fue la única que no ingresé en mi computador mental. Segundo, que ante esta situación le garantizaba que la Fach nunca atacaría por la espalda a Argentina.

Tercero, que cuando hay un incendio en la casa del vecino, el hombre prudente agarra la manguera y vierte agua en su propio techo. Por eso, en este momento haría todo lo posible por reforzar la Fuerza Aérea de Chile y su defensa, porque no hacerlo sería un acto irresponsable de mi parte, pero eso equivalía a alertarlos…

Significaba que compraría aviones, radares y misiles donde me fuera más fácil y rápido obtenerlos, es decir, en Inglaterra. Lo demás no se lo dije, obviamente, y nunca lo habría dicho si no fuera porque pasó toda esta lamentable situación que vivió el general Pinochet en Londres.

Las negociaciones entre usted y Gran Bretaña ¿tomaron en algún momento un cariz político?

Nunca hicimos un planteamiento político. Ambas partes estábamos de acuerdo en que no queríamos “political commitments” (compromisos políticos) de ningún tipo. No había una mayor alianza, se trataba estrictamente de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Tan sencillo como eso: oportunismo. Puro pragmatismo.

¿Cuánto duró esta situación?

Se extendió durante toda la guerra. Nosotros nos quedamos con el avión, con los radares, los misiles y los aviones. Ellos recibieron a tiempo la información y todos quedamos conformes…

La Fach, en general, tampoco sabía demasiado. Lo único que se dio cuenta la Fuerza Aérea fue que había llegado armamento y equipos nuevos. Llegaron en aviones de transporte ingleses, a través de la Isla de Pascua. Un día, por ejemplo, apareció un Hércules C-130 que decía Fuerza Area de Chile. Se trataba de un avión que tenía el mismo número de uno de los nuestros y al cual sólo le faltaba la letra “e” de Aérea. Eso llamó la atención. Estaba pintado con los colores de la Fach y tenía que llevar el radar a Balmaceda, donde se instalaría para tener visión hacia las instalaciones argentinas en Comodoro Rivadavia. Cuando terminó la guerra lo saqué de ese lugar, porque no era mayormente útil y lo trasladé a otro donde funciona hasta el día de hoy- para vigilar el tráfico hacia la Antártica.

¿Por qué cree que la colaboración chilena terminó por saberse?

La destapó la señora Margaret Thatcher, pues ella obviamente lo sabía. El mismo Sidney Edwards me dijo que la Thatcher estaba muy agradecida porque conocía en detalle la ayuda prestada por Chile. En julio del ’99, ella le dio públicamente las gracias a Pinochet por haber ayudado a Inglaterra durante la guerra.

La única prueba palpable de que Chile algo tuvo que ver con Inglaterra durante el conflicto fue el episodio de un helicóptero británico que cayó a tierra cerca de Punta Arenas, y cuyos tripulantes fueron rescatados por uniformados chilenos. Respecto a este incidente nacieron una serie de sospechas, de hecho, la prensa peruana se encargó de darle la repercusión mediática debida a través de dos artículos que tenían un tono bastante sugerente, respecto a la posibilidad de que el gobierno militar de Chile estuviera cooperando con el Reino Unido.

Un día llegó Sidney Edwards a confesarme que un helicóptero inglés había caído en territorio chileno. Le pregunté qué había pasado, en vista de que habíamos acordado que ellos no efectuarían operaciones militares hacia Argentina desde territorio chileno, y que ningún avión inglés que hubiera operado contra Argentina aterrizaría en Chile. Ese era el acuerdo fundamental al que habíamos llegado.

¿Qué había sucedido?

Ellos organizaron una operación -no de comandos, sino de “súper” comandos- para destruir los aviones Super Etandard franceses de la Marina argentina, que eran los que portaban los misiles Exocet. Los ingleses sabían que los argentinos tenían seis Exocet y ya habían comprobado su efectividad: con uno solo liquidaron al destructor Sheffield, un día después de que ellos hundieron al Belgrano. Pero los comandos que habían mandado para allá se perdieron, sin encontrar nada mejor que aterrizar en Chile. Lo hicieron al oeste de Punta Arenas, cerca de un camino, en el claro de un bosque. En seguida, decidieron incendiar la nave y aunque nadie los había visto descender, el humo se propagó en dos minutos, llegaron los carabineros, en fin.

¿Qué ocurrió con los comandos?

Tras quemar el helicóptero desaparecieron, comunicándose con Sidney Edwards por radio para saber qué hacían. Le contesté que llegaran hasta un determinado punto de nuestra base aérea, donde los esperaba un oficial de inteligencia nuestro. Allí les darían una tenida de civil y los pondrían a bordo de un avión Lan Chile o Ladeco hacia Santiago, para que desde aquí tomaran otro hacia Inglaterra. Eso fue exactamente lo que se hizo. Deberían haber quedado internados acá, porque esa es la ley, pero les propuse otra salida. Por eso, la señora Thatcher también mencionó la salvación de vidas humanas.

El ex diputado conservador británico Rupert William Simon Allason, quien escribió bajo el pseudónimo “Nigel West”, La guerra secreta por las Malvinas, menciona en su sexto capítulo que la Inteligencia Militar del ejército chileno (el G.2), que controlaba al Centro Nacional de Información (CNI), que era conducida por el general Humberto Gordon, y la Dirección de Inteligencia de la Defensa Nacional (DiDeNa), que en 1978 se había hecho cargo de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), y el servicio de inteligencia militar de la marina y la fuerza aérea, Ancla Dos (A II) y el D.2 respectivamente, sumaron sus esfuerzos de reunión a los británicos, que estaban ávidos por obtener y conocer la mayor cantidad de información.

Según el Mayor Rafael Milillo, la flota de guerra de ese país zarpó, en abril de 1982, del puerto de Valparaíso con rumbo sur, operando con estricto silencio de radio, en un esfuerzo por obligar a los argentinos a distraer recursos militares de las islas. Ese mes, la fuerza de tierra desplazó una reserva estratégica -20.000 hombres según algunos cálculos argentinos- desde Santiago hacia zonas fronterizas con Río Negro y Neuquén.

La movilización de fuerzas terrestres y marítimas chilenas hacia la frontera argentina no tenía probablemente la intención de abrirle un segundo frente a las fuerzas armadas argentinas. Sin embargo, sí tenían una clara intención de ser un despliegue disuasivo, que trajo por consecuencia, la inmovilización de fuerzas terrestres acantonadas en las zonas de la frontera sur argentino – chilena, y que se encontraban mejor preparadas para soportar climas patagónicos e inviernos antárticos. Aunque la preparación de todo el ejército argentino es la misma en cualquiera de las provincias, no se puede negar que el factor de adecuación al clima, en un contexto tan hostil como el del archipiélago malvinense, jugó en contra de los intereses argentinos. Bajo este punto de vista, efectivamente sí, Chile cumplió cabalmente con la misión que le había otorgado el Reino Unido, aunque no fue expresa, tácitamente era, colaborar en todo lo posible para la derrota de sus vecinos (acaso enemigos) trasandinos.

Los militares argentinos habían instalado un sistema de comunicaciones de frecuencia baja usada comúnmente por radioaficionados para tener contacto con el conflictivo archipiélago. El 25 de abril, se daba cuenta de que los chilenos estaban interfiriendo las comunicaciones con emisiones radiales supuestamente originadas en el sur de Chile, que consistían en marchas británicas y ruidos de interferencia.

Más allá de estas actitudes castrenses chilenas, la opinión pública tampoco estaba muy a favor de la defensa de los intereses argentinos. El diario chileno La Tercera reproducía en su editorial del 14 de abril de 1982, un artículo en el cual señalaba un “historiador” chileno que “la ocupación inglesa en 1833 del archipiélago que pasó a denominarse Falklands fue un acto en contra de Chile, a cuyo reino perteneció bajo la colonia del territorio patagónico”, inspirándose en las declaraciones de Toro Dávila, ex rector de la Universidad de Chile.

La Cancillería chilena dirigida por René Rojas, entre tanto, después de la reunión de la XX sesión de la OEA en Washington D.C. en abril de 1982, afirmaba muy diplomáticamente, que Chile recurriría a todos los medios posibles en la OEA para “ayudar y servir cualquier iniciativa de paz.” Pedro Daza, embajador permanente en la OEA, declaraba para “El Mercurio” que Chile solicitaría tres días para hacer consultas necesarias para decidir su voto en la sesión plenaria, tres días para abstenerse de dar apoyo a la Argentina.

UNA INTERPRETACIÓN DE LA ACTUACIÓN CHILENA DURANTE LA GUERRA DE LAS MALVINAS

En la entrevista al general Matthei podemos apreciar la excelente predisposición del gobierno militar chileno para colaborar, en la medida de lo posible, con la campaña victoriosa de las fuerzas británicas. Quisiéramos hacer un especial hincapié en el concepto “gobierno militar chileno”. Si bien existen relaciones históricas entre Inglaterra y Chile, que a nuestro juicio no son más “históricas” que las que existen (o existían hasta 1982) entre Argentina e Inglaterra, no consideramos que en este caso sean las verdaderas motivaciones de una suerte de eje anti-argentino como sí lo pueden ser las relaciones peruano – argentinas para constituir una alianza defensiva (u ofensiva).

¿Por qué la buena fe hacia el Perú?

No se trata de interpretaciones sentimentales, ni de una suerte de patriotismo efervescente. Si bien algunos historiadores han querido ver la Guerra del Pacífico como un enfrentamiento entre el liberalismo inglés contra el estatismo de peruano (aunque el tema no ha sido todavía trabajado ampliamente), y a Chile como un instrumento de Inglaterra para apropiarse de las salitreras y asegurar el libre mercado, no consideramos que el acercamiento anglo–chileno haya sido hijo de una fecunda historia, o de una “relación especial sudamericana” entre Inglaterra y Chile, sino que mucho tuvo que ver el determinante hecho de que gobernaba el general Pinochet.

Tanto en el Perú como en Argentina se vio la actitud del gobierno chileno durante las Malvinas como una terrible deslealtad propia de un enemigo y no de un país vecino.

Al respecto, el almirante de la Marina de Guerra del Perú, Gustavo Barragán Schenone, manifestó alguna vez que:

Las negociaciones de Chile con los norteamericanos, habían determinado hacer de Chile un “Policía regional” para intervenir con las armas cuando los intereses de ambos así lo requieran. No olvidemos que Chile apoyó a Inglaterra en la Guerra de las Malvinas y al igual que Judas no tardó en recibir su recompensa. Ahora la colosal repotenciación de sus fuerzas armadas goza del beneplácito de los Estados Unidos con la reciente transferencia de naves norteamericanas, inglesas y holandesas, sin contar los fabulosos submarinos que construye en España. Chile cumple su parte y tiene presencia militar en las fuerzas de ocupación en Haití.

Aunque parezca una visión demasiado tremendista y catastrófica, no se puede negar que al interior de los círculos castrenses y en la concepción del peruano común, la participación chilena en Malvinas fue un acto de traición.

Del hecho de que existía un gobierno militar, que para el momento tenía nueve años en el poder, y durante los enteros nueve años había sufrido una serie de provocaciones bélicas que casi desembocan en una guerra, no resulta muy ilógico pensar, que la aproximación chilena al Reino Unido tuvo que ver con algo más coyuntural que con un verdadero deseo.

Por lo menos de la entrevista realizada al general Matthei, podemos apreciar un hecho clave: no fue Chile quien sedujo a Inglaterra, sino Inglaterra la que buscó a Chile, y aunque haya sido un acto desleal y casi traicionero, y que para nada haya desagradado a las autoridades militares del país del Mapocho, no podemos afirmar que las relaciones entre Argentina y Chile hubieran podido motivar otro tipo de actitud por parte del gobierno chileno, menos en su condición de militar, y aún menos siendo presidente Augusto Pinochet, aquel abanderado de una geopolítica admiradora de la Alemania de 1939, que veía al estado como un ente vivo en permanente crecimiento. Hasta el momento, el trabajo se ha valido de hechos concretos sin hacer defensas de la ética ni cuestionamientos morales respecto a la participación peruana o chilena en el conflicto.

No podemos responder hasta qué punto existen razones morales que nos obliguen a intervenir o dejar de hacerlo en una guerra, puesto que las valoraciones deontológicas respecto a nuestra posición frente a la guerra, deben ser una sola:

El total rechazo al diálogo de las armas, no es nuestra intención hacer una apología de la actitud chilena de apoyar por todas las vías posibles a la Task Force inglesa, a fin de garantizar el triunfo de la misma frente a un “hermano latinoamericano”. Respecto a esto, no sería justo no hacer una aclaración:

¿Hasta qué punto existía una relación de hermandad, acercamiento o cierto grado de entendimiento entre Argentina y Chile?

Si cabe algún tipo de excusa para el gobierno de Pinochet, está precisamente relacionada con la capacidad de respuesta que tengamos ante esta pregunta. Efectivamente, hoy en día en vista de los fuertes vínculos económicos y políticos que hay entre Argentina y Chile sería impensable una cooperación chilena con alguna fuerza extra-continental, pero en el año de 1982, Argentina y Chile habían pasado por puntos de conflicto muy altos que habían, y como se ha visto con anterioridad, sembrado la potencial existencia de la duda de que pudo haber habido un enfrentamiento armado en el Cono Sur, específicamente por el Canal del Beagle, sin considerar, que incluso el tratado de 1984, no fue definitivo para cerrar el tema fronterizo respecto a los “Hielos del Sur”, o la Laguna del Desierto.

Fuentes: Fernando José Velásquez Villalba / Tesis de Pontifica Universidad Católica Del Perú /Alfredo Alí Álava en el Diario El Comercio de Perú.

*El articulo fue cedido exclusivamente a Intereses Estrategicos Argentinos y la reproduccion del mismo queda sujeto exclusivamente a la autorizacion del autor. Agradecemos profundamente la colaboracion de nuestros hermanos peruanos de “Maquina de Combate Perú” por su gran colaboracion para acceder a este material.

 

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5 Comentarios en La ayuda de Perú en el conflicto de las Islas Malvinas y la participación chilena

  1. Alejandro Povarchik // 19 julio, 2018 en 6:14 pm // Responder

    Capo, es material bélico…no velico.

  2. Lo que habría aclarar en esta “tesis” (artículo de opinión sería más apropiado) es que Carlos Saul M., si bien llegó al gobierno por el Partido Justicialista, durante su gestión se encargó de llevar a cabo un programa neoliberal totalmente opuesto a los postulados de ese Partido, y mucho más del Movimiento que lo sustenta. El servilismo pro estadounidense de ese gobierno fuñe lo que lo llevó a hacer el “trabajo sucio” que ese país no podía hacer por cuestiones diplomáticas, como era proveer de armas a Croacia o a Ecuador en pleno conflicto, y eso se realizó contra las garantías de pacificación que en ambos casos se jugaban por parte de nuestro país.

    Por lo demás, nuestro agradecimiento a la ayuda del pueblo de la hermana República del Perú por su ayuda en ese difícil momento, y respecto a la posición chilena era la esperable luego de que solo a poco más de 3 años de haber estado al borde de una guerra y persistieran de ambos lados los mismos gobiernos, la torpeza de no haber previsto esa tibia ayuda velada -y a Dios gracias que se hubieran abstenido de realizar otras acciones de mayor calibre- es de nuestros planificadores militares de entonces, que no previeron, como quedó claro en la respuesta del Gral. Galtieri ante la Comisión Rattembach, la posibilidad de que Chile pudiera entrar de lleno en el conflicto porque una guerra en dos frentes hubiera sido catastrófica para nuestro país, y este es uno de los justos motivos por lo cual tal Comisión recomendó la sanción y encarcelamiento de ese militar.

    Saludos. Ernesto

  3. cristián barría // 24 julio, 2018 en 8:44 pm // Responder

    El artículo es bastante honesto al señalar claramente las posiciones argentinas, peruanas y chilenas, que Chile actuó por conveniencia ante la actitud claramente belicista de los gobiernos reaccionarios argentinos es real y sincero ¿ que haría Perú, si tuviera a un gobierno militarista e irrespetuoso del derecho internacional pretendiendo parte de su territorio y que además tuviera la capacidad militar para obtener sus pretensiones y que entrara en guerra con un vecino? ¿se quedaría “mirando al cielo” Sinceremos las cosas de una buena vez.

    • Estimado Cristian, en voluntad de sincerarnos convengamos que el gobierno chileno de Pinochet no era precisamente progresista ni un dechado de virtudes en lo que a pacifismo se refiere, de hecho hizo todo lo posible para escalar el conflicto por esas pequeñas islas que todavía siguen semideshabitadas buscando -en una absurda compulsa entre dictadores militaristas y expansionistas- ver quien “la tenía más larga” como decimos vulgarmente en Argentina, no era necesaria la intervención papal después del inoportuno por interesado, y por ello viciado de nulidad, laudo inglés solicitado bajo petición chilena en 1967 para que ambos gobiernos encontraran la forma de solucionarlo por medio de un acuerdo, ya que de hecho por entonces bien se entendían en otros asuntos como el Plan Cóndor, pero a ambos lados de la cordillera un posible conflicto armado políticamente servía para acallar las pujas internas con algunas facciones de los mismos gobiernos, justificar la posición militarista que propiciaba la compra de armamento y el fortalecimiento de las FFAA, y minimizar el impacto mediático de las que se estaban haciendo desde el exterior por el tema de los derechos humanos.

      Es evidente que desde este lado la guerra que no cuajó con Chile si se buscó luego por Malvinas, aunque a mi entender en base a operaciones diplomáticas hábilmente tejidas en el RU y los EEUU para motivar una “agresión” argentina que diera por tierra con los avances diplomáticos que se estaban teniendo en base a la Resolución 2065 de la ONU, pero esta situación dada relativamente poco tiempo antes en el conflicto del Beagle siempre estuvo como trasfondo antes, durante y después de esa guerra, y por ello durante abril del 82 se tomaron decisiones como no movilizar a las islas a las fuerzas de montaña o reforzar las de Infantería de Marina -mejor preparadas para pelear en ese ambiente geográfico- o sacar del conflicto a la Flota para preservarla ante una eventual entrada activa de Chile en el conflicto.

      También es evidente que una guerra a dos frentes -como lo reconoció el mismo Galtieri en el juicio- hubiera supuesto una segura derrota militar argentina, aunque generaría un incalculable y adverso efecto político a nivel sudamericano contrario a los intereses de Chile, RU y los EEUU (este último como impulsor del TIAR) como también resulta evidente que la guerra a gran escala con Chile en 1978 no devendría en estar “en 3 días lavándose las pelotas en el Pacífico” como bravuconeó con sus subordinados un infame general argentino especialista en matar y torturar a civiles indefensos y amenazar a periodistas, sino que más bien hubiera supuesto una carnicería para ambos pueblos de la cual todavía no se hubieran recuperado.

      Solo por citar este breve reseña de asuntos vemos que la situación fue mucho más compleja que lo que se dice en la nota, los intereses en juego eran muchos, y distaban de ser lineales o definibles en forma mecánica o binaria. Tal vez el único aspecto que resulte claro es la confirmación de que cada conflicto que se da entre nuestros pueblos tiene origen en instigaciones de potencias extranjeras en razón de sus propios intereses, no de los nuestros, y los ingleses son maestros en el arte de dividir para reinar.

      Saludos. Ernesto

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