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Aerolíneas: crecer o ajustar

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Por Mariano Recalde

 

La historia de Aerolíneas Argentinas tiene algunos puntos de contacto notorios con la historia de nuestro país. Se creó en 1950, durante el Gobierno del general Perón, se privatizó en los noventa, se fundió en 2001 y comenzó el camino de la recuperación en 2008, durante el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.
En efecto, el Estado tuvo que hacerse cargo de la reconstrucción de Aerolíneas Argentinas luego de los fracasos de las sucesivas gestiones privadas que, cada una a su manera, fueron vaciando la compañía de bandera y dejando sin conectividad aérea a nuestro país, priorizando intereses ajenos a los de los argentinos.
La aerolínea que dejó el Grupo Marsans, como muchos recordarán, se encontraba en un estado crítico en lo económico y trágico en lo operativo. A las constantes cancelaciones y demoras de los vuelos y el mal servicio que prestaba a sus pasajeros, se le sumaba una situación calamitosa en lo económico: resultados operativos negativos, déficit creciente y agobiante, patrimonio neto negativo, deuda vencida acumulada y una flota de aviones ineficiente por lo reducida, heterogénea y antigua.
Aerolíneas volaba poco y volaba mal, lo que desencadenaba no sólo descontento entre los pasajeros sino también entre los propios trabajadores. El alto nivel de conflictividad gremial era otro dato que resaltaba en la herencia recibida de la privatización.
Frente a este panorama, la decisión política de la gestión estatal fue poner el eje del primer plan quinquenal de negocios en el crecimiento y la inversión, en lugar de ajuste y achicamiento.
El resultado del trabajo y las inversiones estuvo a la vista de todos los argentinos en pocos años, y no sin obstáculos y dificultades imprevistas. Por eso, cuando en enero de este año Isela Costantini se hizo cargo de Aerolíneas pudo decir con orgullo: “En este mes de enero hemos tenido récords de puntualidad, de pasajeros y no hemos tenido cancelaciones”.
Es que la gestión actual recibió una empresa funcionando, con una flota renovada en su totalidad, con el triple de aviones, con más rutas, más frecuencias, con un servicio de excelencia reconocido internacionalmente y por expertos del país. Como resultado de todo eso, recibieron una empresa con un nivel de ingresos en dólares del doble que el que tenía en 2008. Una línea aérea que forma parte del mercado internacional y que por eso es miembro pleno de una de las alianzas de líneas aéreas más importantes del mundo, como es SkyTeam.
En términos económicos, luego de tener un déficit de casi 900 millones de dólares -que representaba el 80% de la facturación-, Aerolíneas cerró 2015 con un déficit operativo equivalente al 8% de la facturación (160 millones de dólares). Fue la gestión anterior la que permitió dejar una empresa funcionando en condiciones para afrontar la temporada alta de enero y febrero a las autoridades recién arribadas y exhibir resultados económicos positivos en el primer trimestre con las ventas efectuadas el año anterior.
Como se puede ver, no sólo se rompían “récords de puntualidad”, como bien decía Costantini en enero, también se entregó una empresa que ya venía creciendo todos los años a un ritmo incluso mayor que el que pudieron exhibir días pasados las actuales autoridades cuando anunciaron los resultados del mes de julio.
En este tema también hay que desenmascarar una construcción dialéctica bastante infantil pero mediáticamente eficiente: la anterior gestión dejó una empresa con un déficit de 160 millones (cinco veces menor al recibido). Llamativamente, a los pocos días de hacerse cargo, la nueva CEO de la compañía anunció pérdidas para 2016 por 1.000 millones (sí: mil millones de dólares), sin que se conocieran los cálculos o fundamentos de tal proyección. Al poco tiempo anunciaron un ahorro importante: reducirían a la mitad el cálculo efectuado por ellos mismos y se exhibió en la prensa como un logro milagroso de la gestión, también sin haber explicado el origen de un cambio tan drástico. Así, con contabilidad creativa y de comunicación, mientras la pérdida que este año seguramente será del triple que el año pasado, la gestión Dietrich la exhibe como una reducción a la mitad.
Hay que decir que en esos números inciden cuestiones ajenas a la gestión de la empresa y que tienen que ver con los abruptos cambios macroeconómicos, como la devaluación, la apertura de los cielos a la competencia privada y extranjera -en lo que constituye una paulatina desregulación del mercado- y, fundamentalmente, a la caída del poder adquisitivo de millones de argentinos que impacta sobre las ventas. Del mismo modo, la reducción de los costos tampoco es fruto de la actual gestión sino que obedece fundamentalmente a dos factores: la devaluación, que licúa los salarios (el principal costo de la compañía), y la caída brutal del precio del combustible (el segundo costo más importante).
Hasta ahora se puede advertir que existe, con pequeños retoques, una clara continuidad del plan de negocios de la anterior gestión pero que, para concluir con éxito, exige que no se recorten las partidas previstas por el Congreso en la última Ley de Presupuesto y que se continúe invirtiendo en la ampliación y modernización de la flota de aviones y el crecimiento de la compañía. En esta etapa, otra vez, la solución se encuentra en el crecimiento y no en el ajuste.
Esperamos que eso suceda porque el deseo de todos los argentinos es que la nueva gestión, como lo hizo la anterior, pueda dejar una empresa mejor que la que recibió.
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